La Biblia es el libro de los libros. No lo afirmamos meramente porque sea el libro más vendido de la historia—que lo es—sino porque en ella Dios ha hablado. La Escritura es la Palabra de Dios. A pesar de estar compuesta por 66 libros escritos por diversos autores, en distintas épocas y en variados contextos culturales, la Biblia es una unidad: una voz divina, articulada en lenguaje humano.
Estos libros, por supuesto, comparten algunas características con otras obras literarias: contienen historia, poesía, leyes, genealogías, biografía e incluso cartas personales. Sin embargo, hay ciertos atributos que la distinguen radicalmente de cualquier otro texto jamás escrito. En este breve artículo, exploraremos cinco de ellos: la Biblia es necesaria, suficiente, inerrante, infalible, y perspicua.
1. La Biblia es necesaria
¿Descubrirás tú los secretos de Dios?
¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?
Es más alta que los cielos; ¿qué harás?
Está más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás?
(Job 11:7-9)
Dios es inaccesible por medios humanos. Él es trascendente, santo, eterno e infinito. Nosotros, por contraste, somos criaturas finitas, caídas, limitadas por el tiempo, la carne y la ignorancia. Como dijo Calvino: finitum non capax infiniti—lo finito no puede contener ni comprender lo infinito.
La creación testifica de la existencia de Dios, pero no puede revelarnos plenamente Su carácter, Su voluntad o Su plan de redención. La razón humana, aunque útil en muchas áreas, es insuficiente para conocer a Dios con certeza. La ciencia estudia el mundo creado, pero no puede investigar al Creador de forma directa (aunque de algún modo si lo hace de forma indirecta). La filosofía puede elevar nuestras preguntas, pero no puede darnos las respuestas eternas.
Él es demasiado grande para que lo podamos abarcar, está demasiado lejos como para que podamos llegar a él, es demasiado sabio como para que le podamos comprender, es demasiado único como para que lo podamos comparar con algo más. Incluso, es demasiado Santo como para que le podamos contemplar (véase Isaías 6:5). Aquí entra la necesidad de la Palabra escrita. La Biblia es el acto condescendiente de Dios al revelarse al hombre.
Es cierto que, en muchos sentidos, el conocimiento de Dios está profundamente entrelazado con el conocimiento que adquirimos del mundo creado. No podemos separar por completo ambos procesos. La Ley de Dios —mediante la cual Él se revela al mostrarnos su estándar moral— nos fue dada para ser vivida y aplicada en el contexto del mundo real, no en un marco teórico o abstracto. El creyente llega a conocer mejor el carácter de Dios al obedecer su Palabra en medio de este mundo caído. Y, en ese proceso, también llega a comprender mejor quién es él mismo: una criatura hecha a imagen de Dios, caída, pero redimida por gracia.
Sin embargo, aunque no podemos aislar el conocimiento de Dios del conocimiento de otras cosas, es indispensable que la Palabra de Dios sea establecida como el fundamento de toda verdad. Solo así podemos conocer correctamente tanto a Dios como al mundo. De lo contrario, quedamos desprovistos de la base necesaria para interpretar la realidad con fidelidad. Por ejemplo, cuando un creyente contempla una flor, no solo ve belleza: tiene la convicción —que al no creyente le falta— de que esa flor ha sido creada por Dios.1
2. La Biblia es suficiente
Cuando hablamos de la suficiencia de la Palabra de Dios, afirmamos que la Escritura contiene todo lo necesario para la salvación, la adoración y una vida de piedad. Es tan completa que, por sí sola, puede equipar plenamente a los siervos de Dios para toda obra del ministerio. Así lo declara el apóstol Pablo:
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. (2 Timoteo 3:16–17)
Algunos interpretan la expresión «el hombre de Dios» como una referencia genérica al creyente. Sin embargo, considerando el contexto pastoral de la carta, es más probable que Pablo esté refiriéndose específicamente a los líderes del pueblo de Dios—pastores, predicadores y maestros. En cualquier caso, el punto es claro: la Escritura, al ser inspirada por Dios, es suficiente para enseñar, confrontar, corregir y formar en la justicia, con el propósito de que el siervo de Dios esté completo—es decir, no le falte nada—y plenamente capacitado para toda buena obra.
Esta suficiencia no implica que la Biblia contenga todo lo que puede saberse, sino que no necesita complemento alguno para cumplir su propósito: conducirnos a Cristo, guiarnos en la verdad, formarnos como personas piadosas, sabias y para el cuidado de las almas.2
3. La Biblia es inerrante e infalible
A lo largo de la historia, la Iglesia ha reconocido que la Biblia es completamente verdadera en todo lo que afirma. Por eso decimos que es inerrante (no contiene error) e infalible (no puede fallar). Para entender la diferencia entre inerrancia e infalibilidad, piensa en este ejemplo: imagina que haces un examen y obtienes una calificación perfecta, 10 de 10. El examen no tiene errores, por lo tanto, es inerrante. Pero como lo hiciste tú, una persona que puede equivocarse, no se puede decir que seas infalible— no erraste, pero podrías haber errado. La iglesia siempre ha confesado que la Biblia no contiene errores porque es la Palabra de Dios que es infalible.
Esta convicción estuvo implícita durante siglos, hasta que en el siglo XIX surgió la llamada «Alta Crítica», un enfoque académico que empezó a tratar la Biblia como un texto meramente humano, sujeto a errores, contradicciones y mitos.
Varios teólogos liberales impulsaron esta visión. Friedrich Schleiermacher sostuvo que la Biblia no es revelación directa de Dios, sino el testimonio humano de una experiencia religiosa. David Strauss propuso que los relatos sobrenaturales son mitos, y Rudolf Bultmann fue aún más lejos, proponiendo desmitologizar el Nuevo Testamento para centrarse en su mensaje existencial. Karl Barth, aunque con una alta visión de la Biblia, no afirmó su inerrancia, y Paul Tillich consideró la Escritura como símbolo del encuentro con lo divino, más que una fuente objetiva de verdad. En tiempos más recientes, autores como James Barr, Peter Enns o Bart Ehrman han cuestionado abiertamente la idea de una Biblia sin error, alegando razones históricas, culturales o textuales.
Sin embargo, esta visión no quedó sin respuesta. Desde el siglo XIX, teólogos evangélicos levantaron una firme defensa de la confiabilidad total de las Escrituras. B. B. Warfield y J. Gresham Machen, desde Princeton, afirmaron que si Dios es veraz, su Palabra también lo es, hasta en los más mínimos detalles. Cornelius Van Til argumentó que todo pensamiento humano debe comenzar desde la revelación divina: rechazar la inerrancia es colocar la razón por encima de Dios. Francis Schaeffer advirtió que abandonar la verdad de la Biblia conduce al relativismo y a la ruina cultural. En esa misma línea, pensadores como Carl F. H. Henry, R. C. Sproul, John MacArthur y Norman Geisler reafirmaron que la autoridad de Dios está ligada a la veracidad de su Palabra: si la Biblia yerra, también lo haría el Dios que la inspiró.3
Para poner claridad y unidad doctrinal, en 1978 más de 200 líderes evangélicos de todo el mundo firmaron la Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica. Este documento afirmó que la Biblia, en sus manuscritos originales, es verdadera y sin error en todo lo que afirma —ya sea en cuestiones de fe, historia, ciencia o moral— y que esta doctrina es esencial para la salud de la Iglesia y la fidelidad del creyente.
4. La Biblia es perspicua
Hemos empezado este artículo exponiendo la doctrina de la incomprensibilidad de Dios. Hemos dicho que Dios en sí mismo es: trascendente, santo, eterno e infinito, por lo tanto, podemos afirmar que Dios es ontológicamente incognoscible. No obstante, también hemos considerado que Dios se ha revelado a sí mismo por medio de su Palabra.
Varios pensadores modernos, como Kant, Schleiermacher, Ritschl, Otto y Barth, coincidieron en que Dios es incognoscible en términos objetivos y proposicionales. Para ellos, el conocimiento de Dios no proviene de afirmaciones doctrinales como las de la Biblia, sino de la experiencia subjetiva (como el sentimiento de dependencia), la acción ética de Cristo o el encuentro con lo numinoso (lo incognoscible). Aunque algunos, como Barth, pretendían mantener un alto concepto de la Biblia, todos compartían la idea de que el lenguaje humano no puede expresar plenamente la realidad divina, lo que llevó a ver la revelación como simbólica, parcial y siempre mediada.
En otras palabras, para estos autores la Biblia no podía ser plenamente confiable porque consideraban que el conocimiento de Dios no podía reducirse a proposiciones escritas en un texto. El gran peligro de esta postura es que, aunque suena piadosa — respetuosa ante el misterio divino—, en el fondo produce el mismo efecto que la antigua mentira de la serpiente en el Edén: «¿Conque Dios os ha dicho…?» (Génesis 3:1). Lleva al hombre a desconfiar de la Palabra de Dios, minando así el fundamento mismo de la fe.
En respuesta al escepticismo de los teólogos liberales, muchos pensadores cristianos conservadores han defendido con firmeza la doctrina de la perspicuidad —o claridad— de las Escrituras. Esta doctrina afirma que la Biblia puede ser entendida por cualquier persona, sin necesidad de ser un erudito o especialista. No se trata de decir que cada pasaje es igualmente fácil, sino que todo lo necesario para la salvación, la fe y la obediencia está claramente expresado.
Charles Hodge, insistió en que la Biblia es tan inteligible como cualquier otro libro, siempre que se lea con honestidad intelectual. B. B. Warfield profundizó aún más, mostrando que el mismo Espíritu que inspiró las Escrituras también ilumina a los creyentes para entenderlas. J. Gresham Machen fue aún más contundente: para él, el liberalismo no era simplemente una versión «suave» del cristianismo, sino una religión distinta, porque rechazaba que la Biblia hablara con claridad y autoridad.
R. C. Sproul popularizó esta doctrina en nuestros días, recordándonos que la Biblia es suficientemente clara para que cualquier lector, con la guía del Espíritu Santo, pueda entender su mensaje esencial. Wayne Grudem respondió al relativismo posmoderno subrayando que la Palabra es comprensible para quien se acerca con sinceridad y disposición a obedecer. Kevin DeYoung lo resume con esta verdad pastoral: la claridad de la Escritura es una expresión de la gracia de Dios, y no requiere ser descifrada por una élite, sino leída con humildad por el pueblo común.
En resumen el argumento es el siguiente: a pesar de que Dios en si mismo sea incomprensible él tiene la capacidad de revelarse a sí mismo de una forma clara. Y lo ha hecho por medio de las Escrituras.
Conclusión
No creas que las ideas liberales solo han tenido impacto en el ámbito académico- teológico del siglo pasado. Créeme, estas ideas están por doquier: se encuentran camufladas en tu librería cristiana habitual, en las aulas de seminarios alrededor del mundo, y, tristemente, también en muchos púlpitos de iglesias que se llaman evangélicas. Están presentes, además, tras las cámaras de YouTube y en foros de internet. Y si me permites una observación quizás un tanto subjetiva, diría que donde estas ideas encuentran terreno más fértil es en ciertas instituciones evangélicas. Allí, entre el politiqueo interno, el deseo de agradar a todos y la falta de un verdadero amor por la Verdad, estas corrientes encuentran el clima ideal para echar raíces y fortalecerse.
Por ello, como creyentes, debemos mantenernos alerta y cultivar la firme convicción de que la Biblia es la Palabra viva y eficaz de Dios. Es necesaria, pues sin ella no podemos conocer a Dios ni entender el mundo de manera correcta. Es suficiente, porque nos provee todo lo necesario para nuestra salvación y para vivir una vida cristiana fiel. Es inerrante e infalible, porque procede de un Dios veraz. Y es clara, ya que Dios ha decidido hablar de manera comprensible a Su pueblo.
No necesitamos nuevos profetas ni doctrinas modernas; lo que necesitamos es abrir la Biblia, leerla, confiar en ella y obedecerla. Porque en ella, Dios mismo nos habla con poder.
- Véase: John Frame, La doctrina del conocimiento de Dios: Teología del señorío, trad. Jaime D. Caballero (Lima: Teología para Vivir, 2020), 69–81. ↩︎
- En la actualidad, muchos creyentes consideran que la psicología es útil, e incluso necesaria, para el cuidado del alma (o de la mente) en el contexto de la iglesia. Sin embargo, estoy persuadido de que esta confianza está mal fundamentada por diversas razones que exceden el alcance de esta breve nota. Baste señalar que el texto citado (2 Timoteo 3:16–17) constituye, en mi opinión, un argumento sólido a favor de la suficiencia de la Escritura en el ámbito del cuidado pastoral. ↩︎
- En el curso de mi investigación para este artículo, me topé con una de las defensas más destacadas de la inerrancia bíblica en el siglo XX: el libro The Battle for the Bible (La batalla por la Biblia), escrito por Harold Lindsell y publicado en 1976. Esta obra, tuvo un fuerte impacto en el movimiento evangélico estadounidense, especialmente en lo que se conoció como la «resurgencia conservadora» dentro de la Convención Bautista del Sur. No lo menciono como una recomendación personal —aún no he tenido ocasión de leerlo—, pero sin duda me ha despertado el interés. ↩︎
